Nabucco, la obra que resucitó a Verdi

Hijo de unos campesinos, Giuseppe Verdi se crió en Busseto, Parma, a principios del siglo XIX. El cabildo de la iglesia fue su primer maestro y Antonio Barezzi, un comerciante amante de la música, se fijó en él y le hizo debutar con 17 años.

El joven compositor italiano comenzó a dar clases de música a Margherita, hija de su mecenas Barezzi, con la que llegó a casarse y tuvieron dos hijos, Icilio y Virginia. Eran tiempos felices en la casa de los Barezzi – Verdi.

Depresión y abandono

Sin embargo la tragedia se cebó con Verdi que en poco tiempo vio como su familia entera se esfumaba víctimas de una encefalitis. Con 26 años y con cierto éxito su mujer y sus hijos fallecieron y el compositor se sumió en una profunda depresión. Obligado por aquel entonces a componer «Un giorno di Regno», la desgracia personal se unió con el fracaso profesional y se planteó abandonar su carrera musical. 

Bartolomeo Merelli, director del Teatro Alla Scala, y con gran aprecio por Verdi, le convenció para leer un manuscrito basado en la biografía del rey babilónico Nabucodonosor II.

 

Aunque se encontraba en un momento improductivo de su vida, vino a leer un verso que le llenó de curiosidad: “Va’ pensiero sull’ali dorate” (Vuela pensamiento, sobre alas doradas) que captó su atención e hizo completar la lectura del libreto, del que quedó fascinado.

Nabucco

La obra, un maremoto de emociones entre la soberbia del rey babilónico Nabucodonosor II, que tras la conquista de Jerusalen y la esclavización de los hebreos se gana el rechazo de su gran rival Zacarías y su hija adoptiva Abigaíl, que ambiciona el trono y conspira contra él.

Nabucco se declara Dios, pero pierde la razón como castigo divino y Abigaíl toma el poder. Al final de la obra, Nabucco recupera la cordura, reconoce al Dios de los hebreos, libera al pueblo y recupera el trono.

Símbolo de libertad

Naucco supone un antes y un después en la vida de Giuseppe Verdi que, a partir de entonces, se convirtió en el compositor de moda en todo el mundo, y el famoso coro Va, pensiero fue símbolo del movimiento nacionalista italiano (Risorgimento), asimilando el anhelo de unidad y libertad de Italia frente al dominio austríaco, con los anhelos del pueblo hebreo cautivo por Nabucodonosor. 

Años más tarde se volvió a enamorar y compuso La Traviata en honor a su nueva compañera Giuseppina Strepponi. Siguió durante toda su vida experimentando con los sentimientos, emociones y sentimientos: amor, envidia, maldad, egoísmo… una y otra vez hasta tal punto que sus tres obras más indiscutibles e innovadoras –Otello, la Misa de Réquiem y Falstaff– las compuso al borde de los ochenta años.